Auditorio Barañain

Jorge Drexler en el Auditorio de Barañain

Cuando una vuelve de una entrevista en Barcelona para un puesto con el que se había ilusionado con un “NO” digamos que no hace que el día sea una explosión de alegría. Y sin darme cuenta la suerte ya me había mandado un abrazo cuando en el sorteo organizado por el Auditorio de Barañain me habían tocado dos entradas para el concierto de Jorge Drexler. No sabía que la desgana y apatía que llevaba encima se convertiría en carcajadas, bailongos y un par de besos de una música y unas letras que HACEN BIEN.

Con coreografía del más puro estilo de los Back Street Boys o Primos (a la española) entró el grupo de colegas repartidos por instrumentos y ciudades. Trombón, Barcelona, percusiones, Montevideo, triángulo, Madrid, bajo, Getxo…aquí nadie se queda sin bailar. Están especialmente contentos, aunque vuelvan de vacaciones, ya que es un reencuentro entre ellos. Se nota y se siente esa alegría especial. Habría una disputa clara: quién se lo pasó mejor, ¿ellos o nosotros? Ellos seguro se lo pasaron bien sin parar de bailar, ya lo advirtió el cantante uruguayo “este álbum está grabado en Colombia y claro, se nos llenó de cumbia; así que, en un ratito os pediremos que os levantéis de las butacas para bailar con nosotros”.  Sin duda, la sala se llenó de un PUÑADO DE CANCIONES QUE GIRABAN A NUESTRO ALREDEDOR COMO ELECTRONES.

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Al principio tímidos, poco a poco, con las luces de la sala, los compases latinos, los bailes de Jorge y el resto de músicos, nos animamos a echar unas palmas en clave cubana para acabar, sin darnos cuenta, moviendo el culo con los ojos cerrados. El que avisa no es traidor ¿no? Es cierto, NO HAY ARTE SIN EMOCIÓN.

También hubo tiempo para la poesía de la mano del trompetista, que nos regaló dos poemas. Uno de ellos “ama tu ritmo” de Rubén Darío. (poned atención!) Como leéis, también fuimos parte de sus canciones acompañándoles con silbidos y castañuelas.

Mientras los músicos salieron a descansar, o a echar un pitillo mientras miraban los whatsapps, Drexler y su guitarra se quedaron solos ante un agradecido público. Se había creado un clima de familiaridad y diversión. Un mantelito de cuadros y un pastel para compartir con la radio oyéndose de fondo.  “¿Qué queréis cantar?” Pobre…no sabía lo que decía. El público no paraba de pedir canciones: noctiluca, Disneylandia, deseo, horas…una auténtica locura. Y escogió la que más pegaba con el nuevo disco ¿Cuál? Su deseo más grande era SÓLO VERNOS BAILAR y así fue.

Y a cambio de concedernos la elección, el también se dio un gusto y cantó una canción “que con el panorama actual encaja perfectamente”. La milonga del moro judío surge de una noche en la sala Galileo. Mientras echaba una copa con el Maestro Sabina le hace escribir en un posavasos el verso:

Yo soy un moro judío

que vive con los cristianos

no sé qué dios es el mío

ni cuáles son mis hermanos.

El cantautor Chicho Sánchez Ferlosio se lo había cedido a Sabina y éste a Drexler que la usó como estribillo. “¡Ah! -Advirtió Sabina- ¡Hazla en décimas! y tuve que ir corriendo a buscar en Google porque delante de Joaquín no me atrevía a decir que no tenía ni idea de qué estructura era”.

Con la vuelta de los músicos cantan sobre la entropía y sus excepciones, una “ranchera metafísica” que probarán en México qué les parece este nuevo estilo de música.

El concierto iba finalizando. “Entre las canciones de mi nuevo disco hay una que no sé si es mi preferida, pero que quiero especialmente por varios motivos: Bolivia. Habla de la salida de Alemania de mi padre de cuatro años y mi abuelo, en 1939, escapando del horror nazi. En enero de ese año todas las cancillerías latinoamericanas decidieron dejar de dar visados por unos meses a los refugiados que intentaban escapar. Todos los países menos Bolivia, que fue el único país que recibió a mi familia en un acto de valentía y generosidad. Mi familia vivió en Oruro ocho años. Mi bisabuelo murió en Bolivia, mi tío nació ahí… Cuando hace un año fui a tocar a Bolivia por primera vez, lo hice con mucho agradecimiento y mucha emoción. Inmediatamente después escribí la letra de la canción y la terminé de musicalizar en los días que pasé componiendo aislado en la playa de Somo” (Diario Página Siete).

Tras la dureza de esta canción, se generó ese espíritu que su música conoce. Esa paz dulce alegre y melódica. Nos condujo hasta las playas venezolanas con la luz de La Luna de Rasquí, canción dedicada a Simón Díaz. De ésta canción, personalmente, me quedo con esta estrofa que es un resumen del concierto de Bailar en la Cueva:

 

La pena, que todo lo ve
con su microscopio
de desasosiego
La pena, aquí, creo que
¡Tiene un punto ciego!

 

Tras dos estupendos y aclamados bises apagaron las luces, pero nunca la música.

Sabes Drexler, que te llevamos dentro, igual que tú nos llevas dentro.

 

Pd.: Igual no tengo ese puesto en Barcelona, pero tienes razón “nada se pierde, todo se transforma” Siento el corte del vídeo pero ¡era imposible no dar palmas! AQUÍ EL DIRECTO

 

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